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Aspettando l’Hans Christian Andersen Award 2020

Prosegue la conoscenza degli altri sei candidati che compongono la shortlist del premio Hans Christian Andersen 2020.

Questa settimana incontriamo gli autori/autriciFarhad Hassanzadeh (Iran), Bart Moeyaert (Belgio), Jacqueline Woodson (USA); gli illustratori/illustratrici: Albertine (Svizzera), Elena Odriozola (Spagna), Seizo Tashima (Giappone).

In attesa di conoscere i vincitori, vi ricordiamo che la premiazione avverrà lunedì 4 maggio, alle ore 14:30. È possibile seguire la diretta sul canale YouTube di IBBY

Giovedì 7 maggio IBBY Italia in collaborazione con Bologna Children’s Book Fair  alle ore 11:00 offrirà un approfondimento sui vincitori. Seguiteci!

Cogliamo ancora una volta l’occasione per ringraziare gli autori, gli editori e tutti gli amici di IBBY che si sono messi a disposizione, per condividere e promuovere la conoscenza di questi artisti, che regalano ai bambini di tutte le età la loro arte, chi con le parole, chi con le figure.

Migliori auguri a tutti i nostri candidati!


ALBERTINE

Nel 2010 uscì l’albo “Gli uccelli”, illustrato da Albertine e scritto da Germano Zullo. Il volume in Italia venne subito pubblicato da Topipittori e ben 13 sono le altre lingue di traduzione: tedesco, coreano, spagnolo, iraniano, cinese, brasiliano, inglese (US), chinese complex (Taiwan), estone, svedese, catalano, turco e portoghese.
Un libro sul quale approdare attraverso le immagini, gustando solo il testo oppure leggendo il visivo parallelamente alle parole. Una semplice storia di amicizia tra un camionista e un uccellino nero, forse un merlo, una storia di solidarietà, di condivisione. Una storia di dettagli, di piccoli particolari che, se scoperti e compresi, possono permetterci di “cambiare il mondo”. Una storia di meraviglia e sogno, di malinconia e magia (non quella di maghi e bacchette!), di un’inimmaginabile libertà, che a volte solo la fantasia ti permette di raggiungere.
Basta entrare nel sito dell’artista elvetica per scoprirne la versatilità, la capacità tecnica, la creatività, l’apertura di visione, l’ironia e la propensione verso un’arte e una letteratura per tutti, alla maniera di François Ruy Vidal.
Pittrice, illustratrice, fumettista, stilista, scultrice, grafica… queste e altro sono le sfaccettature di Albertine.
Sono tanti i libri da lei creati, spesso insieme al compagno di vita, lo scrittore Germano Zullo. Sono tanti, per lo più pubblicati da una delle più interessanti realtà editoriali del panorama europeo e mondiale: La joie de lire. Sono tanti e rivolti a piccoli, piccolissimi e grandi, ad appassionati di fiabe classiche, a chi è capace di ridere, anche mentre si leggono storie di denuncia sociale, a chi vuole solo una bella storia.
Auguro con tutto il cuore, una meritata vittoria ad Albertine, ai suoi personaggi dinoccolati, ai suoi colori cesellati, alle sue matite più intime, al suo sorriso e alla sua continua voglia di giocare.

(a cura di David Tolin, libraio, IBBY Italia)


FARHAD HASSANZADEH

Scrittore e poeta iraniano, autore di circa 80 libri per bambini e ragazzi. La sua prima opera “Fox and Bee adventure” è stata pubblicata nel 1991. Numerosi i premi e i riconoscimenti ottenuti durante la sua carriera. Già candidato nel 2018 al Premio Hans Christian Andersen.


ELENA ODRIOZOLA

(a cura di Gustavo Puerta Leisse)

Elena dibuja, yo no. Yo escribo, Elena no. A mí se me ocurren cien mil ideas y posibilidades que pronto se me olvidan. Elena va punto por punto, de forma ordenada y termina lo que empieza (aunque pasen muchos años). A Elena no le gusta la cebolla, el bacalao y el cordero y a mí me encantan (pero eso no viene a cuento).
La verdad es que admiro muchísimo el talento de Elena Odriozola como ilustradora y su capacidad para ofrecer interpretaciones muy personales a los textos que caen en sus manos. También es cierto que nunca me han gustado los coloretes que pone en los mofletes de sus personajes (aunque cada vez lo hace menos). Se podría decir que nos complementamos. Sin embargo, más que complementarnos, lo que para mí significa trabajar con Elena es la posibilidad de emprender proyectos que no podría hacer con nadie más.
La gente la ve como una persona seria y más bien tímida, pero tras esa faceta se esconde una temeraria aventurera en cuyas venas corre la sangre de los balleneros vascos.
Para mí, trabajar con Elena es sobre todo un juego. Tiene mucho de desafío, de experimentación, de disfrute. A veces, las cosas salen a la primera. Otras, tenemos que insistir e insistir hasta conseguir algo parecido a lo que habíamos imaginado. En ocasiones, también nos enfadamos. Yo le reprocho a Odriozola que es cabezota y rígida. Ella a mí que cambio las reglas a mi antojo, que «así no se puede jugar» y «así no se hace en mi casa». Lo cierto es que después de un rato nos reconciliamos. Claro, siempre que sea yo el que da su brazo a torcer.
Aunque ya habíamos hecho algunas colaboraciones antes, la primera vez que nos tomamos en serio jugar juntos fue en el 2011. A Elena la invitaron a dar un taller de ilustración en el Festival Ilustratour. Como suele suceder, al principio Elena puso pegas: «Que no me atrevo a hacerlo sola», «Que yo hago las cosas sin pensarlo mucho», «Que no sé qué decir»… Lo cierto es que terminé acompañándola y dimos un curso en el que aprendimos un montón y disfrutamos aún más. Lo titulamos Ilusionismo. Ilustrando desde el pre-cine y durante una semana estuvimos haciendo con los alumnos zootropos, panoramas de profundidad, diafanoramas, linternas mágicas, dioramas… en fin, una serie de artilugios del pasado que buscan despertar en el espectador una sensación de asombro y maravilla y que, al mismo tiempo, pueden serle de gran utilidad al ilustrador interesado en investigar en cómo construirun espacio ficcional.

Una vez que comenzamos a dar talleres de ilustración juntos, le cogimos el gusto. Nuestra estrategia siempre ha sido la misma: buscar un objeto, formato o género narrativo y, a partir de él, ofrecerles a los participantes un tema sobre el que reflexionar y algunas herramientas que les permitan salirse de su zona de confort, crear en libertad y llegar a resultados inesperados.
Algunos ejemplos: en el taller Lo mío puro teatro nos centramos en la construcción de teatrillos de papel y en el problema de la «puesta en escena» y nos detuvimos a analizar cómo ambientamos, estructuramos y le damos un enfoque personal a una historia preexistente.
El desafío del curso Altares profanos consistía en que cada participante creara su santo propio, contara su vida y milagros e hiciera sus objetos de culto. Claro que no se trataba de santos “de verdad”, sino que la idea era que cada quien concibiera un personaje, le atribuyese un poder divino, narrase sus milagros y martirio y, en definitiva, fundase su culto. Elena, por ejemplo, se inspiró en la garza disecada que tiene en su casa (sí, ella tiene esas cosas) para crear al santo patrón de los procrastinadores. Aún hoy quiero robarle el hermoso altar que entonces construyó.
Uno de nuestros últimos talleres ha sido No hay recetas. Como otras veces, Galtzagorri, la asociación de Literatura Infantil y Juvenil en lengua vasca, fue quien nos invitó a impartirlo. En esta ocasión partíamos de la siguiente excusa: el libro-álbum y la receta de cocina tienen mucho en común. En ambos se establece una narración secuencial, coinciden en la relación complementaria que se da entre el texto y la ilustración y se pueden enfocar como una estructura de presentación-nudo-desenlace. Así que el taller consistía en que los alumnos, casi todos vascos, y por ello con una gran tradición culinaria a cuestas, cocinaran para todos e ilustraran la receta que habían preparado. Fue un éxito. Y no solo por lo rico que comimos.
Algunos de los libros de Elena guardan relación con estos y otros talleres que hemos impartido juntos. Cuando le encargaron ilustrar Frankenstein (Nórdica, 2013) hizo un teatrillo de papel. Para ilustrar un fragmento del discurso que Ana María Matute pronunció al ingresar a la Real Academia de la Lengua Española, Elena hizo un miriorama, seguramente inspirada en el taller Ilusionismo. Sin embargo, los libros que más juego nos han dado a Elena y a mí son los que publicamos en la pequeñísima editorial que hemos fundado junto a Marta Ansón: Ediciones Modernas El Embudo.

Cuando comenzamos a trabajar en lo que después se convirtió en Sentimientos encontrados hace diez años (Elena me corregiría y diría que nueve) yo tenía una idea muy clara: quería hablar de sentimientos, basarme en la tradición filosófica y brindarles a los niños un material a partir del cual pudiesen identificar y nombrar lo que sienten y reflexionar sobre ello. Elena, por su parte, también lo tenía muy claro: debía ser en blanco y negro y solo utilizaría lápices, se inspiraría en su casa familiar y la abuela tendría que morir en la cuarta ilustración. El desafío común fue propiciar una modalidad de «lectura no-directiva». Para nosotros no tiene ningún sentido hablar de la tristeza y ver a un personaje llorando o que cuando nos refiriésemos al enfado estuviese gritando. Desde el comienzo quisimos partir del carácter polivalente de la imagen, de que cada lector pudiese interpretarla como quisiese, de que el libro propiciase una lectura proyectiva y abierta. Para ello terminamos haciendo un libro formado por dos secciones separadas, unidas por un espiral: en la parte más grande, arriba e ilustrada, vemos el interior de una casa de cuatro plantas con siete personajes interactuado; la franja de texto, abajo, está dedicada a un sentimiento principal y otros que forman parte del mismo ámbito emotivo. Este formato permite que el lector escoja una imagen y le atribuya el sentimiento que quiera o, al contrario, que parta de un sentimiento y busque el recuadro que mejor lo ilustre. Aunque estas son las dos modalidades principales de lectura, hay otras.
Sentimientos encontrados fue un juego largo y complejo en el que más de una vez nos extraviamos y abandonamos la partida. La ayuda de Juan Kruz Igerabide y Marta Ansón fue vital para superar escollos. Realmente nos sentimos muy orgullosos al ver cómo otras personas se incorporan al juego mientras leen y comparten el libro.

El origen de Ya sé vestirme sola estuvo en nuestro taller de libros para bebés. Propusimos este curso porque vemos que en el mercado editorial español hay pocos libros propios de calidad para pre-lectores. Antes de cada taller, Elena hace los ejercicios que después realizarán los alumnos. Así que aprovechando el verano, Elena hizo tres libritos: uno basado en una retahíla infantil, otro de imágenes y el tercero, una historia de procesos cotidianos. El primero lo publicaremos en el futuro. El segundo nos dijo el impresor que era impublicable por lo difícil y costoso que resultaría producirlo. Y el tercero es Ya sé vestirme sola
Este libro nace de una intuición, indaga sobre un problema formal y constituye una declaración editorial. La intuición: que la mejor prueba de que conocemos algo es que podamos bromear acerca de ello y eso lo saben los niños muy pronto. El problema: las posibilidades narrativas que pueden ofrecer aspectos materiales del libro (como es el desplegable). La declaración: que la editorial crezca con el lector y que haya una continuidad y coherencia entre sus títulos. Hay un último reto que nos hemos planteado: participar del imaginario infantil. El mejor criterio para valorar si un libro para pequeños funciona es si consigue que los niños incorporen frases o motivos del libro en sus juegos. Y, sí, Ya sé vestirme sola funciona de maravilla.

El último libro que hemos publicado se titula Yo tengo un moco y tiene su origen en una popular canción infantil española. Es una apuesta por la tradición oral, por la incorrección y sobretodo ha sido un desafío que le he planteado a Elena Odriozola. No a nivel técnico. Tampoco por el formato narrativo. Sino por el tema, porque Elena no es de esas personas que hacen libros escatológicos. Cómo conseguí convencerla? Muy fácil, le dije: «A que no te atreves?» Y con lo empecinada que ella es, mordió el anzuelo. A medida que fuimos trabajando en el libro, este fue cambiando y cambiando hasta convertirse en el pequeño tomo de 136 páginas que es hoy. Primero eran cuatro personajes femeninos: la niña, la adolescente, la madre y la abuela. Luego se unieron los correspondientes personajes masculinos. Al inicio lo pensamos como un leporello y luego se convirtió en un flipbook. La gracia de Yo tengo un moco consiste en que vemos a ocho personajes hurgando en sus respectivas narices e ingirieren el contenido que hay en ellas. En este hecho cotidiano expresan su personalidad. Todo esto, con la elegancia y sutileza que caracterizan a la Odriozola.
Nuestros juegos siguen, tenemos muchos proyectos esperando y muchas ganas de contagiar a otras personas.  En estos tiempos que le tememos tanto al contagio, que hemos de rehuir de todo contacto personal y que el confinamiento nos ha mostrado cuán frágil es nuestra realidad, nada como enfrentar el reto de hacer libros para niños como si fuese un juego infantil.

Sentimientos encontrados:

Ya sé vestirme sola:

Yo tengo un moco:

Elena disegna, io no. Io scrivo, Elena no. A me vengono in mente mille idee e possibilità, che all’improvviso dimentico. Elena va punto per punto, in modo ordinato e porta a termine ciò che comincia (passassero anche un bel po’ di anni). A Elena non piace la cipolla, il baccalà e l’agnello e io li adoro (ma questo non c’entra).
La verità è che ammiro tantissimo il talento di Elena Odriozola come illustratrice e la sua capacità di offire intepretazioni personali ai testi che le capitano tra le mani. È altrettanto vero che non mi sono mai piaciuti i colori che mette nelle guance dei suoi personaggi (anche se lo fa sempre meno). Si potrebbe dire che ci completiamo a vicenda. Ma, senza dubbio, più che completarci a vicenda, posso dire che per me lavorare con Elena significa la possibilità di intraprendere dei progetti, che non potrei fare con nessun altro.
La gente la vede come una persona seria e forse timida, ma, dietro quel visino si nasconde una temeraria avventuriera, nelle cui vene scorre il sangue dei balenieri baschi.
Per me, lavorare con Elena è soprattutto un gioco. Ha molto della sfida, della sperimentazione, del divertimento. A volte, le cose ci riescono al primo tentativo. Altre volte, dobbiamo insistere più volte, per ottenere qualcosa di simile a ciò che ci eravamo immaginati. In alcuni casi, ci arrabbiamo anche. Io rimprovero alla Odriozola che è testarda e rigida. Lei rimprovera a me che cambio le regole come mi pare, “così non si può lavorare” e “così non si fa, in casa mia!”. Ciò che è certo è che facciamo subito pace. Ovviamente, sempre che sia io quello che cede.
Sebbene avessimo già avuto alcune collaborazioni in precedenza, la prima volta che abbiamo preso in considerazione seriamente di fare squadra è stata nel 2011. Invitarono Elena a fare un workshop di illustrazione al Festival Illustratour. Come capita, all’inizio Elena fece delle difficoltà: “Non mi arrischio a farlo da sola!”. “ Non so che cosa dire…”. Ciò che è certo è che finii per accompagnarla e facemmo un corso, nel quale abbiamo imparato un sacco e ci siamo divertiti ancora di più. Lo intitolammo “Illusionismo. Illustrando dal pre-cinema” e durante la settimana con gli alunni facemmo zootropi, panorami prospettici, diaphanorami, lanterne magiche, diorami… e infine, una serie di congegni del passato che cercano di risvegliare nello spettatore una sensazione di stupore e meraviglia e che, allo stesso tempo, possono essere di grande utilità all’illustratore interessato a indagare come costruire uno spazio di finzione.

Una volta iniziato a fare insieme laboratori di illustrazione, ci abbiamo preso gusto. La nostra strategia è stata sempre la stessa: cercare un oggetto, un formato o un genere narrativo e, a partire da quello, offrire ai partecipanti un tema su cui riflettere e alcuni strumenti che gli consentano di uscire dalla zona di comfort, creare in libertà e giungere a risultati insperati.
Alcuni esempi: il laboratorio “Il mio puro teatro” lo abbiamo incentrato sulla costruzione di teatrini di carta e sul problema della “messa in scena” e ci siamo fermati ad analizzare come ambientiamo, strutturiamo e diamo una messa a fuoco personale a una storia preesistente.
La sfida del corso “Altari profani” consisteva nel far creare a ciascun partecipante il proprio santo, fargli raccontare la vita e i miracoli e nel creare i suoi oggetti di culto. È chiaro che non si trattava di santi “veri”, ma l’idea era di far concepire a ognuno un personaggio, poi attribuirgli un potere divino, narrare i suoi miracoli e il suo martirio: in definitiva, ognuno doveva fondarne il culto. Elena, per esempio, si ispirò all’airone impagliato che ha a casa sua (sì, lei ha questo tipo di cose), per creare il Santo patrono dei procrastinatori. Ancora oggi vorrei poterle rubare il bellissimo altare che costruì allora.
Uno dei nostri ultimi laboratori è stato “Non ci sono ricette”. Come altre volte, fu Galtzagorri, l’associazione di Letteratura per bambini e ragazzi di lingua basca, che ci invitò a tenerlo. In questa occasione, partivamo dal seguente assunto: l’albo illustrato e le ricette di cucina hanno molto in comune. In entrambi si stabilisce una narrazione sequenziale, coincidono anche nel fatto che c’è una relazione di complementarietà tra il testo e l’illustrazione e si possono anche inquadrare come una struttura triadica: presentazione, nodo centrale, svolgimento. Cosicché, il laboratorio consisteva nel fatto che gli alunni, quasi tutti baschi e perciò con una gran tradizione culinaria a monte, cucinassero per tutti i partecipanti e illustrassero la ricetta che avevano preparato. Fu un successo. E non solo per come abbiamo mangiato bene…
Alcuni dei libri di Elena hanno una relazione a questi o altri laboratori che abbiamo fatto insieme. Quando le dettero l’incarico di illustrare Frankenstein (Nórdica, 2013), fece un teatrino di carta. Per illustrare un frammento del discorso che Ana María Matute pronunciò per il suo ingresso nella Real Academia de la Lengua Española (Accademia Reale di Lingua Spagnola), Elena fece un miriorama, ispirato sicuramente dal laboratorio Illusionismo. Senza dubbio, i libri che a Elena e a me hanno coinvolto di più sono quelli che abbiamo pubblicato per la piccolissima casa editrice, che abbiamo fondato insieme a Marta Ansón: Ediciones Modernas El Embudo.

Quando abbiamo iniziato a lavorare a quello che poi è diventato Sentimientos encontrados (Sentimenti opposti), ormai dieci anni fa (Elena mi correggerebbe e direbbe che sono nove), io avevo un’idea molto chiara: volevo parlare di sentimenti, basarmi sulla tradizione filosofica e offrire ai bambini un materiale a partire dal quale potessero identificare e dare un nome a ciò che sentono per poterci riflettere su. Elena, dal canto suo, ce l’aveva chiarissimo: doveva essere in bianco e nero e avrebbe usato solo dei lapis, si sarebbe ispirata alla sua casa di famiglia e la nonna sarebbe dovuta morire alla quarta illustrazione. La sfida comune fu quella di favorire una modalità di “lettura non direttiva”. Per noi non ha alcun senso parlare di tristezza e vedere un personaggio che piange oppure che, quando ci riferiamo a un’arrabbiatura, il personaggio stia gridando. Fin dall’inizio, siamo voluti partire dal carattere polivalente dell’immagine, dal fatto che ogni lettore la possa interpretare come vuole e far sì che il libro favorisca una lettura proiettiva e aperta. Perciò, finimmo col fare un libro formato da due sezioni separate, unite da una spirale: nella parte più grande, in alto e illustrata, si vede l’interno di una casa di quattro piani con sette personaggi che interagiscono; la fascia di testo, in basso, è dedicata a un sentimento principale e ad altri che fanno parte dello stesso ambito emotivo. Questo formato consente al lettore di scegliere un’immagine e di associarle il sentimento che vuole o, al contrario, di partire da un sentimento per poi cercare nel riquadro in alto quello che lo rappresenta meglio. Sebbene queste siano due modalità di lettura principali, ce ne sono anche altre.

Sentimientos encontrados, è stato un gioco lungo e complesso nel quale, più di una volta, ci siamo persi e abbiamo abbandonato la partita. L’aiuto di Juan Kruz Igerabide e Marta Ansón è stata vitale per superare gli scogli. Ci siamo sentiti davvero orgogliosi nel vedere come altri persone si aggiungono al gioco, mentre leggono e condividono il libro.
L’origine di Ya sé vestirme sola (Mi so già vestire da sola),si trova in un nostro laboratorio di libri per i neonati. Abbiamo deciso di proporre questo corso, perché ci siamo resi conto che nel mercato editoriale spagnolo ci sono pochi libri specifici di qualità per i pre-lettori. Prima di ogni laboratorio, Elena fa gli esercizi che poi dovranno realizzare gli alunni. Cosicché, approfittando dell’estate, Elena fece tre libretti: uno basato su una filastrocca per bambini, un altro tutto di immagini e il terzo una storia di routine quotidiane. Il primo lo pubblicheremo in futuro. Il secondo, ci disse lo stampatore, che era impossibile pubblicarlo, perché produrlo sarebbe stato troppo difficile e costoso. Il terzo è Ya sé vestirme sola.
Questo libro nasce da un’intuizione, indaga su un problema formale e rappresenta una dichiarazione d’intenti editoriale. L’intuizione: la prova migliore del fatto che conosciamo davvero qualcosa è data dal poterci scherzare su e questo lo sanno da subito anche i bambini. Il problema: le possibilità narrative che ci possono offire aspetti materiali del libro (come un libro con finestre). La dichiarazione: che la casa editrice cresca con il lettore e che ci sia una continuità e una corenza fra i titoli in catalogo. C’è un’ultima sfida che ci siamo imposti: partecipare all’immaginario infantile. Il miglior criterio per verificare se un libro per piccoli funziona è se riesce a far sì che i bambini incorporino frasi o motivi del libro nei loro giochi. E, sì, Ya sé vestirme sola funziona a meraviglia.

L’ultimo libro che abbiamo pubblicato s’intitola Yo tengo un moco (Io ho una caccola/Ho un bel moccio) e ha la sua origine in una canzone per bambini spagnola. È una sfida perché deriva dalla tradizione orale, per la scorrettezza di fondo, soprattutto, è stato una sfida che io ho lanciato a Elena Odriozola. Non a livello tecnico. Neppure per il formato narrativo. Ma per il tema, perché Elena non appartiene a quel tipo di persone che fanno libri di argomento scatologico. Come sono riuscito a convinverla? Facile, le ho detto: “Che cosa non osi fare?” e visto quanto è orgogliosa e testarda, ha abboccato all’amo. Via via che procedevamo nel lavoro sul libro, questo cambiava e cambiava, fino a che si è trasformato nel libretto di 136 pagine che è oggi.
All’inzio c’erano quattro pesonaggi femminili: la bambina, l’adolescente, la mamma e la nonna. Poi si sono uniti i corrispettivi maschili. All’inizio lo pensammo come un leporello , poi si è trasformato in un flipbook. Il bello di Yo tengo un moco (Io ho una caccola/Ho un bel moccio) consiste nel fatto che vediamo otto personaggi, che frugano nelle loro narici e ingeriscono il contenuto che trovano lì dentro. In questo gesto quotidiano esprimono la loro personalità. Tutto ciò, con l’eleganza e l’acutezza che caratterizzano l’Odriozola.
I nostri giochi continuano, abbiamo molti progetti in attesa e molta voglia di contagiare altre persone. In questi tempi in cui temiamo molto il contagio, nei quali dobbiamo evitare qualunque contatto personale e in cui il confinamento ci ha mostrato quanto sia fragile la nostra realtà, non c’è niente di meglio che affrontare la sfida di fare libri per bambini, come se fosse un gioco infantile.

(Traduzione a cura di Teresa Porcella, editor e autrice)


BART MOEYAERT

Tra i più importanti e noti scrittori per ragazzi di lingua fiamminga. Tradotto in più di venti lingue, candidato cinque volte all’Hans Christian Andersen Award, nei suoi romanzi rivolti ai ragazzi, ma significativi anche per lettori adulti, sa parlare di cose profonde con tono lieve, delicato ed emozionante.
Nel 2019 gli è stato assegnato l’Astrid Lindgren Memorial Award. Tra i suoi titoli di recente pubblicazione in Italia, ricordiamo Bianca, Il club della via lattea, Coraggio per tre, Mangia la foglia.


SEIZO TASHIMA

Seizo Tashima è nato nel 1940 a Osaka, in Giappone. Ha passato l’infanzia insieme al fratello gemello Yukihiko (anche lui autore di albi illustrati) nella prefettura di Kouchi. La storia della sua fanciulezza l’ha raccontata nel libro E no naka no boku no mura (Il mio villaggio in figure), che è diventato anche un film vincitore del Silver Bear Prize al Festival del cinema di Berlino, nel 1996. Un’infanzia di cui ha raccolto nella memoria i colori, le sensazioni e le emozioni, sviluppando una particolare sensibilità verso la natura e dimostrando già da ragazzo un forte sentimento di empatia verso gli altri, intollerante alla discriminazione e alla logica del più forte.

L’opera di Tashima è composta da 150 albi illustrati dagli stili più vari, dalle pennellate materiche con i colori della terra dei primi lavori, come Fukimanbuku (Fukimanbuku, La ragazza e i fiori, Kaiseisha 1973), alla litografia ispirata ai geroglifici precolombiani di Nazca in Hora, ishikoro ga okkochita yo ne, wasureyo yo (Lancia una pietra e dimentica, Kaiseisha 1980), al lavoro certosino di raccolta di kinomi (qualsiasi cosa caduta da un albero che contenga un seme di nuova vita, come noci, bacche, baccelli, pigne) sistemati per creare immagini che venivano poi fotografate, come nell’ albo Gao (Roar! Fukuinkan Shoten 2005), realizzato nel periodo in cui si trasferisce per motivi di salute nella penisola di Izu.

L’idea stessa di modificare lo stile e la tecnica, in una continua sfida, per indagare l’albo illustrato e le sue possibilità, lo ha accompagnato per tutta la sua carriera, fatta di riconoscimenti a partire dal 1960, quando appena ventenne vince il Golden Award alla National Exhibition of Sightseeing Posters in Giappone, passando poi tra gli altri, per il Golden Apple Award a Bratislava nel 1969, il Nippon Picture Book Award nel 1988, fino alla nomination per l’Hans Christian Andersen Award nel 2018 e nel 2020. Nel 1999 Daisuki (Il mio preferito, Kaiseisha, 1997) è stato selezionato per l’IBBY Outstanding Books for Young People with Disabilities.

Artista e attivista, Seizo Tashima si è battuto contro la costruzione di una discarica nei pressi di Hinode, ammalandosi poi di cancro, causato proprio dagli agenti chimici prodotti dalla discarica, nel 2012 ha partecipato al progetto “Picture Books per la pace da Cina, Giappone e Corea” insieme ad altri 12 artisti provenienti da questi paesi, in un momento di grandi tensioni politiche. Il suo albo Boku no koe ga kikoemasuka (Can You Hear My Voice?, Doshinsha) è una protesta contro le crudeltà della guerra, un lavoro forte, potente, un messaggio diretto non solo ai bambini, ma anche agli adulti. 
Instancabile, ha partecipato ad eventi artistici, scritto saggi, illustrato per altri autori e nel 2009, sempre nell’ottica di un nuovo modo di intendere l’albo, che potesse includere la fruizione con tutti i sensi, ha creato un “walk-in picture book” in una scuola abbandonata della prefettura di Niigata, diventato poi l’Hachi & Seizo Tashima Museum of Picture Book Art.
Nel suo libro “Jinsei no oshiru (Zuppa di vita, Kaisei-sha, 2002), Tashima dichiara apertamente il suo manifesto, la sua idea di cosa significhi lavorare sull’albo illustrato:

“I bambini crescono per essere adulti. Quando riguardano i libri che hanno amato, non voglio che siano scontenti, perché le storie non erano niente più che prodotti scadenti per ragazzi. Gli albi illustrati non hanno significato, salvo che i bambini possano leggerli ancora da adulti, rimanendo impressionati dal fatto che sono opere d’arte. I picture books dovrebbero essere arte.”

(a cura di Elena Rambaldi, kira kira edizioni)


JACQUELINE WOODSON

Jacqueline Woodson, autrice americana, ha scritto più di più di una dozzina di romanzi per bambini e adulti, tra cui il bestseller Brown Girl Dreaming, vincitore del National Book Award 2014.
Numerosi i riconoscimenti ottenuti dalla scrittrice: recentemente nominata Young People’s Poet Laureate dalla Poetry Foundation, ha vinto quattro volte il Newbery Honor e due volte il Coretta Scott King Award, è stata quattro volte finalista per il National Book Award e nel 2018 ha vinto l’Astrid Lindgren Memorial Award, uno dei premi più importanti al mondo nella letteratura per ragazzi.
Nelle sue storie si occupa di identità di genere, differenze di classe e conflitti razziali.
Nel 2017 è stato pubblicato dalla casa editrice Clichy Figlie di Brooklyn. La Woodson ha cominciato ad essere conosciuta in Italia negli anni ’90 con il romanzo L’ultima estate, edito nella bella collana Gaia Junior di Mondadori.


IBBY Italia

IBBY Italia è un’associazione di volontari che si dedica alla promozione del libro è della lettura. IBBY Italia è la sezione italiana di IBBY International di cui fanno parte più di 70 Paesi membri


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